“Retratos de un juego de sombras”, la imagen y el contorno musical.

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AC. 2018, licensed cc.

Al sur del Caribe colombiano, tras unas ocho horas de camino partiendo desde Cartagena, el Río Magdalena toma el nombre de Brazo de Loba y en su regazo ofrece una serie de accidentes geográficos repletos de vitalidad y olvido: poblaciones relegadas por los centros urbanos de poder, paisajes impensables y  el rumor de una belleza amenazada, amenazante. Tal es el caso del municipio de Barranco de la Loba y las representaciones que del mismo ofrece el trabajo fotográfico de Camila Malaver, el cual, por cierto, funciona como sustento argumental del álbum que nos ocupa hoy: Retratos de un juego de sombras por Natalia Rose.

Partiendo de su experiencia con la música programática del romanticismo y el trabajo de Sebastião Salgado —así como de la fotografía de la ya mencionada Malaver—, Rose propone un ejercicio jazz de ecfrásis musical. Es decir, ahorrándonos las palabras rimbombantes, una obra que se propone una representación discursiva de un elemento visual. En este caso, la metáfora de la sombra propone un juego interesantísimo ya que, si lo pensamos detenidamente, la sombra no es más que la evidencia latente de una presencia que, sin embargo, no podemos definir por completo, pues sus detalles parecen difuminarse en la precisión de sus contornos. Una sombra es, en esa medida, la certeza de que hay alguien, algo y que, no obstante, escapa a nuestra visión absoluta, a nuestra posibilidad de definirlo y precisarlo del todo. Así, las poblaciones olvidadas por la institucionalidad dentro de Colombia toman la forma de esas sombras que, en su representación fotográfica y musical, proponen un juego del cual hacemos parte en el proceso de experiencia de este álbum.

Este trabajo realiza su apertura con “Flores Traslúcidas”, un tema increíblemente balanceado. Me refiero a que se aleja un montón de ese tipo de discos de jazz donde el exceso de virtuosismo en los solos de uno de los elementos del conjunto suele tornarse tedioso en el momento de la escucha. No sé, a lo mejor soy yo el único amargado o el que poco sabe y mucho habla, pero en realidad me parece que esa forma de proceder de los solos prolongados y el caudal desmedido de técnicas, notas y variaciones le juega más a estabilizar el jazz y restarle sus posibilidades más transgresivas, antes que llevar a cabo iniciativas que aporten nuevos lenguajes dentro del género mismo. Claro, si es que aún sirve de algo seguir pensando en el “género mismo” como una categoría estable de por sí. En cualquier caso, dejando de lado la carreta, creo que lo que pasa en “Flores Traslúcidas” aporta un discurso musical muy diferente, un diálogo con sabor a caminar bajo la lluvia, al brillo del mirar infantil frente al mundo, a esa especie de inocencia acumulada que se va manejando con la recurrencia de un motivo musical a lo largo de la pieza. Un temón, suave y lleno de un mood muy consistente.

Algo similar sucede con la canción que le sigue: “Resplandor”. Sin embargo, pese a la aparición de otro motivo nuevamente como suerte de guía en el proceso de experiencia del tema, las sensaciones que transmite son totalmente diferentes. El contrabajo que brinda apertura aquí es una puta pasada. En realidad consigue, en algunos segundos con una progresión poco veloz, pero contundente, construir un escenario sumamente obscuro. Da esa impresión que puede brindar, de nuevo la lluvia, solo que en esta ocasión se asemeja a ver a través de la ventana desde el interior de uno de esos cafés que funcionan como tabernas olvidadas, en alguna calle de estas ciudades tan grises. Uno de esos que huele al peso de los años en la piel y en los que, de cuando en vez, aún puedes fumar adentro mientras que, al entrar, te encuentras con miradas fruncidas que te ven mientras, redundante, inicias a fruncir el ceño también. En esta ocasión, la conversación se guia de manera velada pero contundente por el contrabajo y la batería, mientras el saxo tenor, la guitarra y el teclado parecen dedicarse a intervenir llegado el turno. Pese a la construcción un poco más “tradicional” de este tema, tengo que admitir que el solo trepidante del saxofón hacia el final es alucinante y, en sus desgarros, logra contribuir a esa sensación de pesadumbre gris que domina el tema.

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En otra línea se encuentra “Arcos”. La sensación de estar tumbado flotando sobre el caudal del Magdalena domina esta pieza. Si mal no recuerdo, en la edición física del álbum la fotografía que la acompañaba era la de un pescador tenuemente iluminado. Y, sin duda, la pieza logra llevarte a ese escenario. La progresión melódica que desarrolla Rose en la guitarra en este caso te va arrastrando lejos, justo a donde la integración de los demás músicos termina de construir el matiz de este cauce. Particularmente, me intriga y deleita sin duda esa sección cercana al fin donde la guitarra y el tenor entablan discusión. Es pura crema en los oídos.

De la mano del agua llegamos a las ruinas, es decir, a “Construcciones Perpetuas”. El tema se recrea en una línea muy similar a lo que ocurría en “Resplandor”. La tensión, el suspenso y una mirada mucho más oscura frente al desarrollo musical domina el tema. Una casa olvidada como símbolo de la historia de nuestro país es la foto que acompaña la canción: construcciones donde el caótico corroer del paso del tiempo oculta algunas balas tras la presencia de la hierba. Un caos desarrollado que dota de presencia y sentido siempre la experiencia de visitar una ruina o un lugar olvidado en cualquier parte. Caos que, por demás, se ejemplifica de manera brutal en la canción por cada uno de los artistas: solos estridentes y voraces que, de golpe, toman una tonalidad mucho más pausada y sosegada para luego dar el golpe hacía una dirección totalmente diferente, donde predominan sensaciones encontradas y contrapuestas que brindan el contorno completo de la canción. Es, a mi modo de ver, una representación muy precisa del modo de proceder la yerba en los muros. Sin duda, uno de mis temas favoritos de este trabajo.

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Y así, todo desemboca en “Senderos”: un cigarrillo audible en una noche nublada donde comienza a percibirse ese frío propio de la madrugada luego de haber ido a bailar y beber un rato. La utilización de un motivo recurrente, tal como lo veíamos en otras piezas de este álbum, se lleva a su potencial máximo, configurando un amplio espectro de emocionalidades encontradas que pese a que parecieran quedarse en un sentir apesadumbrado, pasional,  introspectivo y algo despechado —como de quien dice “adios” por largo tiempo—, no lo hace y, por el contrario, ofrece una serie de contrastes interesantísimos en el seno de su desarrollo. Secciones repletas de brillo desgarrado, de peso en los hombros e, incluso, de epicidad y esperanza. Un tema al que es bueno volver de manera recurrente, siempre con la idea en mente del potencial desestabilizador, experimental e inquieto de un muy buen trabajo de jazz.

Las canciones están disponibles para su escucha y descarga en Spotify, así que echense una pasada: no hay pierde.

Paz,

Andrés Castañeda.

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